Desde que llegaron al poder, varios temas tabús pasaron al centro de la escena. En el país del indulto, los Kirchner derogaron las leyes de obediencia debida y punto final. En una sociedad que sentía verguenza de una Corte Suprema armada para acompañar al poder ejecutivo, los Kirchner designaron a una Corte a la que ni siquiera el rival más enconado se anima a criticar.
Pero esas medidas fueron vistas en su momento como demagógicas. Kirchner hacía jueguitos para la tribuna. Cuando retiraba el cuadro de Jorge Videla, ganaba votos. Cuando Kirchner desaireaba a un Bush desencajado, en Mar del Plata, la tribuna nacional y popular estaba de fiesta, y la mayoría de la gente también.

El pago abrupto al FMI fue visto prácticamente como una segunda independencia. Y la reestatización de algunas empresas, como Aguas Argentinas, no hacían más que inflar el pecho de un país que volvía a festejar la presencia del Estado.
El paraíso progresista duró poco. Con el correr de los días, y sobre todo con el conflicto que mantuvo el gobierno de Cristina Kirchner con los representantes del poder agropecuario, los aires fueron cambiando. Ya no hay medidas demagógicas. No porque no existan fehacientemente, sino porque siempre se le busca el lado oscuro.
Lo que hace unos pocos años hubiese sido una gesta de la democracia, hoy es la Ley K de control de medios. Lo que ayer nomás hubiese sido el orgullo de tener otra vez una línea de bandera, hoy es la verguenza de perder alrededor de cinco millones de pesos por mes para mantener Aerolíneas Argentinas. Y más, lo que habríamos celebrado como el ingreso universal a la niñez, en los días que corren no podemos dejar de sospechar de otra arma de clientelismo político.
Con la derrota del del oficialismo de 28 de junio en las elecciones legislativas, y con la vieja frase que indica que "hay que escuchar el mensaje de las urnas", el gobierno de los Kirchner no ha perdido iniciativa política. Además de la Ley de Medios, impulsó el Fútbol para todos y, recientemente, el ingreso de 180 pesos por hijo a desempleados y empleados en negro.
Pero nada cambia. La imagen del gobierno no mejora. Néstor y Cristina meten y sacan ministros, crean ministerios, pero el daño parece irreversible. No hay jueguito que la tribuna aplauda. Y los Kirchner deben saberlo. Y para cambiarlo se animan a tomar medidas que son necesarias y que nadie en su sano juicio, en su etapa de construcción de poder, se ha animado a impulsar.
¿Cómo enfrentar a Clarín si se quiere llegar al poder? ¿Cómo gravar la renta sojera si se quiere mantener el poder? ¿Cómo impulsar la Ley de Medios? ¿Cómo llevar adelante la necesaria reforma política?
Será que en el fondo piensan que no todo está perdido. Pero la esperanza, para los Kirchner, es lo último que se perdió. Aprovechemos que están locos, a ver si de una vez por todas alguien se anima a tomar medidas contra el status quo que todos coincidimos que hay que modificar, pero siempre retrocedemos antes de dar el primer paso.
Observemos cómo se estrellan contra la pared. Veamos cómo se pelean unos contra otros. Aprevechemos que están locos, porque hasta aquí ningún Presidente en su sano juicio ha impulsado los cambios que los argentinos necesitamos.