Cuando se murió Néstor Kirchner, cuentan, se escucharon algunas bocinas y cacerolas. En las redes sociales, aunque lo que primó fue el dolor y el respeto, también hubo un hueco para el festejo de algunos y el mal gusto de otros.
Ante la masiva manifestación popular que despidió al ex presidente en la Casa Rosada, el argumento de sus más acérrimos detractores fue un lugar común: la muerte hace bueno a todo el mundo, aún a las personas como Kirchner.
Los lugares comunes son, en principio, molestos: muestran las pocas ganas de pensar que tenía la persona que lo hizo propio. Además pueden resultar antojadizos y oportunistas. Vale lo mismo un “no hay dos sin tres” que un “la tercera es la vencida”. El que recurre a los lugares comunes, eso sí, siempre encuentra algún argumento (llamémosle así) para defender una postura.
Pero entre los que sentimos la muerte de Kirchner con dolor, tampoco faltó la idea fácil. “No se puede festejar la muerte de alguien”, “la muerte nos llega a todos”, se escuchaba. Esto oculta un respeto por la muerte, la falsa idea de que como nos llega a todos, nos unifica y alcanza para que todos seamos iguales.
Y de repente esta discusión se puso a prueba: la muerte le llegó a Emilio Massera, el responsable de la tortura y la muerte de cientos de argentinos.
Entonces algunos que recurrían al respeto “porque con la muerte no se jode”, sacaron a pasear su contradicción y dieron rienda suelta al humor negro y al festejo. Para comprobarlo hace falta entrar en Twitter y ver los comentarios de los usuarios.
Esa reacción, por otro lado, desmantela el otro lugar común. La muerte no fue buena con Massera, no lo arropó de virtudes ni hizo que nos olvidáramos de sus crímenes. Al parecer, la muerte no hace bueno a todo el mundo.
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